Cuento

Ardiente Secreto

No podía creer lo que escuchaba. O más bien leía. Tu mensaje era claro: querías verme. ¿Con qué propósito? ¿Qué objetivo empujaba esas palabras? Había pasado mucho tiempo desde que nos conocimos. Yo fui tu profesor y, al parecer, nada más. Al menos eso creía hasta ahora. Recordé sin tapujos esas tardes en que, tras unas arduas clases, de peleas con el Jefe de Departamento y de miradas cómplices, nos sentábamos fuera de la sala a tomar el sol. Parecíamos dos lagartijas en pleno deseo y placer consumado. Me hablabas de tus sueños, de tus alegrías y desgracias, y yo pensaba, en un primer momento, en cómo ayudarte con tus objetivos. Sin embargo, las tardes soleadas se sucedían y yo empezaba a mirarte con otros ojos. ¡Qué vergüenza! ¡Qué delirios se tomaban mi mente! ¡Y a mi edad!

De súbito desperté de los devaneos de la memoria, pues me proponías ir a tomar un café. No había prisa, lo pensaríamos durante la semana, te dije.

Esa tarde mis pensamientos se arremolinaban en mi cabeza. Seguía preguntándome qué querías. Volví a unir los retazos de la memoria. Una tarde de aquellas hablamos del amor. "¿Qué significa amar?" me preguntaste. No supe qué responder. O más bien, el intelectual que llevo dentro habló por mí. Te dije que Ortega y Gasset, el insigne español, pensaba que amar era rondar, con fuerza y ahínco abrumador, al ser amado, deseando su existencia infinita y perfección. Tú me dijiste, "Pero profesor, ¿qué piensa usted?". Al momento de decir tales palabras, rozaste tus labios con esa lengua que ahora reconozco viperina y una mirada triunfante. Habías llevado el juego a donde querías. Mi mirada escapaba a la tuya. Solo lanzaba una mirada furtiva de soslayo. Nuevamente desperté de mis ensoñaciones, y me hallé caminando por el parque, sin saber si vivía ahora en mis accesos oníricos o en la realidad.

Arribé temprano al café. Quedamos de juntarnos, finalmente, en una conversación fugaz por teléfono. El sol amenazaba con hacer la jornada sofocante. Sin dudas, no era el mejor momento para esa bebida caliente, pero el esnobismo de nuestra relación pudo más. Me senté en la terraza, con el secreto deseo de observar el momento justo de tu llegada. No era la primera vez que tomaba esa posición de palco. Me gustaba observar a los demás en sus caminatas, en sus entradas y salidas de las tiendas. Me hacía sentir superior y a la vez ínfimo. Dios no lo haría mejor, pensé.

Por fin, bajaste de un taxi. Primero una pierna de terciopelo y luego otra. Te recordaba menos bella. Tu tez morena refulgía ante los rayos de Apolo, que resbalaban en tus hombros al aire. Una blusa azul cubría tus incipientes pechos que resaltaban, a pesar del color. Un jeans rasgado en varias zonas no dejaba mucho a la imaginación. Unos zapatos estilo "montaña" disimulaban tu baja estatura. No pude sino reír, aunque no sabía si era por nervios o por otra cosa. Te hice una seña y al instante saludaste. Tu pelo voló como si izaran una bandera negra en señal de derrota, pero volviste a ponerlo en su lugar. Tu sonrisa adornó el momento.

Presurosa subiste las escaleras que daban a mi posición divina en los cielos. No te detuviste a pedir un café. ¿Tenías prisa?

—Hola profesor, tanto tiempo.

—Pues sí, ha pasado mucho tiempo. Quizá demasiado.

—¿Me puedo sentar?

—Por supuesto, ¿quién soy yo para negártelo? ¿Dios?

Tu risa dejó al descubierto tus perlas atrapadas entre tus delgados labios. Tu lengua les hacía guardia, atenta. Te sentaste y mentiste.

—Profesor, usted se ve igual que siempre.

—Para nada, los años han hecho estragos. Si no tuviera espejos en casa, no lo creería.

—Para nada profesor, usted "se las trae".

Ese acceso juvenil y vulgar me hizo sentir bien. Pensé que la tarde podía ser más agradable de lo que pensaba. Te invité un café, el cual rechazaste. Solo pediste agua. Luego acercaste un asiento a la mesa pequeña que ocupábamos. Solía ver a muchas mujeres hacerlo, especialmente para sostener sus carteras. Mi madre siempre dijo que era de mala suerte dejar el bolso en el suelo. No sabía si estabas al tanto del dicho popular. Luego miraste de nuevo con esa sonrisa que me hacía delirar aquella tarde. Te mojaste los labios, como en señal de la iniciación de un rito que preludiaba lo inevitable. Te pregunté.

—Bueno, ya estamos aquí. ¿Para qué querías juntarte conmigo?

—Uff, profesor, pensé que jamás preguntaría.

—Bueno, dime. Y por favor, detengamos las formalidades. Ya no soy tu profesor. Dime Julián.

—Bueno… Julián. En un principio, quería juntarme contigo para saber de ti. Supe que ya no estás en la universidad. Dejaste la cátedra y te reemplazó un idiota.

—Así fue Fernanda —pues así te llamabas—. Creo que su nombre es Ricardo, no estoy al tanto. Aunque mis ex alumnos me llaman para quejarse, a mí me da lo mismo.

La misma conversación que sosteníamos "me daba lo mismo". Te miraba con ansias de más. Mi mirada se detenía en tus senos firmes y bajaba lentamente hacia tu entrepierna. A veces dejaba de mirar, con miedo a que te dieras cuenta. Luego me quedaba más tiempo sobre ella, mientras las nubes empezaban a aparecer en el horizonte y, en un ataque parecido a la ira, desordenaban tus hilos azabaches y tú mirabas hacia el viento, desafiante. No cabía más de la desesperación. Aceleré el diálogo, casi atropellado.

—Pues, Fernanda, no creo que me hubieses llamado solo para saber de mis avatares académicos. Algo más quieres, estoy seguro.

Volviste a mirar como aquella tarde. Había llegado el momento. Sonreíste de manera tímida. Te llevaste los dedos a la boca, en un ademán sensual. Algo tramabas. Sin embargo, nuevamente te repusiste en tu asiento, me miraste fijamente y dijiste:

—Me voy a casar.

Abrí los ojos, o creí abrirlos. No lo sé. Ya no lo recuerdo. Un fuego doloroso comenzó a subir desde mis pantalones antes ardientes a mis ojos. Un frío helado me sobó el lomo. Nervioso, mis manos agarraban y acariciaban la parte posterior de mi cuello, como si quisiera consolarme de antemano. Miré hacia el horizonte al que le contabas tus secretos y desafiabas con tus ojos hacía un rato. Una lágrima quiso escabullirse, pero el viento frío sería mi cómplice en caso de que corriera por mi mejilla. De a poco me repuse, o quise hacerlo ante tu mirada atenta y ceñuda que no entendía qué había ocurrido. Logré articular la pregunta de rigor.

—Y, ¿quién es el afortunado?

—No lo conoces. O quizá sí. Hoy es ayudante en la Facultad. Se llama Alfonso. Se dedica a la filosofía analítica. Ya sabes, siempre me dediqué yo misma a la filosofía francesa y española, la continental, gracias a ti, pero los contrarios se atraen, supongo.

—Está bien —repuse, sin mayor demora. Solo quería irme de ahí—. Y, ¿para qué quiero yo saber todo esto?

Te diste cuenta, sin dudas, de mi enojo. Miraste como extasiada el cielo. Tampoco querías estar ahí después de eso. Esperabas otra cosa, y te tomó por sorpresa darte cuenta de la verdad, la dura y triste verdad. Dudaste por un momento en seguir la conversación pues, no parecía que fuera a aceptar tu proposición que hasta ese momento no habías proferido. No obstante aquello, te arriesgaste.

—Está bien… yo solo quería saber si querías entregarme en el altar pues, ya sabes, siempre te vi como mi mentor y guía. Casi como un padre.

La noche se sentó sobre nosotros de un momento a otro. Las estrellas tardaban en aparecer pues las nubes no se disipaban. Querían presenciar el espectáculo. Yo ya no supe qué decir. El diálogo había terminado, y de la peor manera. Balbuceante hice un movimiento brusco con la mano. Parece que levanté el pulgar, en señal de aceptación, cabizbajo. Respiraste y exhalaste aire profusamente. Pedí la cuenta.

Al salir del café, esperamos un taxi, juntos. El frío se hizo más patente, dejando el calor de esa tarde relegado en un rincón oscuro del recuerdo, y yo solo podía observar como tu piel era invadida por súbitos puntos redondos. Tus hombros al aire eran delatores de la situación. No quise ser caballero. No te ofrecí abrigo, aunque te hubiese abrazado con todas mis fuerzas y te hubiese gritado que te amaba. Apenas llegó el taxi te detuve un momento. Volviste a mirarme como aquella tarde perdida hace años en que creí enamorarme, y supe que creías, querías creer, que todo estaba bien. Pero solo te engañabas. Me recobré de tu mirada asesina, te agarré por los hombros perlados de brillo a la luz de la luna, y te dije.

—Deberías leer de nuevo a Ortega y Gasset, como te recomendé esa tarde. Sus "Estudios sobre el amor" también hablan de otras cosas. Del odio, por ejemplo.

Sin apartar la mirada, me preguntaste, quizá inocentemente, en recuerdo y memoria de la heterodoxa clase universitaria de esa tarde confidente.

—Y, ¿cómo define Ortega el odio?

Te respondí, fulminante.
—Como la molestia ardiente que me causa tu mera existencia.

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