El gato salta sobre la cama, deben ser las 5 am. Se acomoda silente en el hueco de las piernas, esperando no despertar a nadie. Se demora un poco, da la vuelta, lo logra. Queda encajado en esa cama hechiza que es su preferida, perfecta. A esa hora nadie se da cuenta.
El gato duerme así una hora, dos tal vez. Es temprano y es un gato ya maduro, no goza de vivir la noche como antaño. En la madrugada se duerme.
Pero hay algo raro. No sabe qué. La cama está bien, es su acomodo de siempre. Pero no es como todos los días. Aún es temprano, todo está en silencio, el gato ahí sigue.
Hay luz ahora. Ya le dio hambre. Deberían haberle servido su plato. Cómo puede ser que todavía no se haya acordado de él. Es una mañana rara.
Decide estirarse. Ha estado más tiempo del habitual en su cunita de piernas. Pero es el único que parece haberse dado cuenta de que ya salió el sol.
La doña no se mueve. Qué raro. El gato se acerca y se decide por su numerito del "buenos días". Es simple, mano en la mejilla, un toque delicado. Es un método infalible, a la doña le encantaba, tanto tiempo que no lo hace.
Pero la doña no se mueve. De hecho, no luce como siempre. Se ve de cera. El gato lo entiende todo.
El gato se acomoda nuevamente en su cunita de piernas otra vez. La temperatura no es la de siempre. Ahí se queda, toda la mañana, haciendo guardia.
Leonor D.