Peyuco es un niño típico chileno. Hijo de un obrero de la construcción, hijo de un pescador, hijo de un panadero, hijo de un minero, hijo de campesino agricultor.
Peyuco ha vivido en campamentos mineros, ha vivido en caletas de pescadores, ha vivido en el campo, ha vivido en diferentes partes de Chile, en grandes ciudades. Conoce el desierto por el norte, y el frío por el sur.
Es un típico chiquillo, soñador, enamorado, malo para el fútbol, malo para el trompo, malo para las bolitas, malo para elevar volantín. En cierta ocasión, viviendo en una población del lado sur de Santiago, un grupo de niños lo invitó a jugar a la pelota. Como no había cancha, jugaban en plena calle, y cuando se aproximaba un vehículo se detenía el juego. Bueno, al Peyuco lo invitaron a jugar ya que no tenían arquero... pero el Peyuco era tan malo que no atajaba ni una pelota. Pronto los niños se enojaron y lo echaron del juego. Así se iba a su casa a mirar por la ventana y ver cómo los otros niños jugaban.
Cuando llegaba septiembre aparecía el trompo. El Peyuco se ponía a competir con otros niños, pero siempre perdía. Cuando elevaba volantín siempre le tiraban uno con hilo curado, y su volantín se perdía en las alturas. Para las bolitas, peor: siempre perdía.
En fin, se decía Peyuco. Se iba a su casa y se ponía a soñar. Por ese tiempo cursaba sexto básico y le gustaba una compañerita que se llamaba Anita. Claro que Anita era de mejor clase económica, y él siempre andaba con los zapatos gastados. La escuela estaba cerca de su casa, y siempre se ofrecía para acompañar a Anita hasta su casa. Ella siempre le decía que no.
Peyuco estaba enamorado de Anita. Claro que era un amor de niño, de esos amores muy sanos, muy limpios de alma y corazón. Lo más que se imaginaba era tomándole la mano. Para Peyuco eso ya sería grandioso. Siempre le escribía cartas de amor y soñaba con Anita. Se quedaba horas y horas mirando por la ventana de su casa.
En cierta ocasión su hermana mayor, dándose cuenta de cómo Peyuco soñaba, le preguntó: ¿Estás enamorado? Él, muy nervioso, respondió: este... sí. ¿Y cómo se llama ella?, preguntó su hermana. Para que no supieran quién era, inventó un nombre: respondió que se llamaba Gina.
Así se pasaba la vida Peyuco. En la escuela le iba muy mal, ya que vivía contemplando a Anita. Como todo niño de doce años, llegaba a casa después de la escuela soñando que su madre hubiese preparado una rica cazuela, o un rico pescado frito que tanto le encantaba... pero se encontraba con porotos con acelga, o papas con sémola. Ya, come, le decía su mamá. Después que hagas tus tareas, te vas a trabajar con tu papá.
El padre de Peyuco era obrero de la construcción. Así que Peyuco se iba refunfuñando por las calles, camino a la obra donde estaba su padre. Allá llegaba y su padre le decía: ya Peyuco, a preparar mezcla: cemento, arena y agua. Otras veces le pedía que trasladara ladrillos.
Al terminar el trabajo regresaba con su padre. En tiempos de verano, cuando todos los chiquillos estaban jugando, él venía cargando con algunas herramientas, sucio por el cemento. Para Peyuco era la peor parte, que sus amigos y especialmente Anita, que a esas horas de la tarde se encontraba junto a su madre sentada en el jardín de su casa, lo vieran así.
Peyuco agachaba la cabeza y se tapaba con su gorrito, pensando que no lo reconocerían. Pero todos sabían quién era: los vecinos lo conocían, siempre estaba listo para los mandados por algunas monedas, o para ir a limpiar algún jardín. Pero él, lleno de vergüenza, trataba de pasar lo más rápido posible.
La madre de Peyuco era evangélica y asistía a una pequeña iglesia que quedaba en la población. A veces, cuando no había mucho trabajo en la construcción, llegaban temprano. Peyuco, feliz de poder tener un tiempo para salir a jugar, después de todo era un niño. Pero su madre le decía: arréglate, que vamos a ir a la predicación. Peyuco, refunfuñando, se lavaba, y su madre le decía: lávate bien las orejas. Bueno, se decía, mientras se arreglaba con cierto cuidado, porque también le gustaba una hija del pastor. Y a veces, cuando el grupo le tocaba pasar frente a la casa de Anita, también sentía mucha vergüenza.
Bueno, lo de la construcción, cuando llegaba el día del pago no era tan malo. Su padre, junto a otros obreros, pasaban a un local donde vendían vino y cervezas, y la dueña los días viernes preparaba sopaipillas y empanadas de queso. Los compañeros de su papá eran muy cariñosos con él y siempre le ofrecían bebida y sopaipillas. Una vez, él solo tomó una bebida de un litro y se comió media docena de sopaipillas.
Pronto continuarán las aventuras de Peyuco…
Por ahora, hasta aquí no más.