Eleni Papadopoulou se inclinó sobre la mesa con el grito:
—¡USTEDES INICIARON ESTO!
Al mismo tiempo le arrojó una botella de agua a Murat Yıldırım. Antes de que la situación terminara a los golpes, ambos representantes fueron sujetados por James Whitaker de la OTAN y Sofía Álvarez de la ONU. A esas alturas la reunión ya era un griterío de sordos.
¿Cómo llegamos hasta aquí?
La verdad es que pocos lo saben. Fue una mezcla de errores, incompetencia, estupidez y la más limpia y pura manipulación política.
Todo comenzó en Nicosia, la capital de Chipre. Esa capital no es como cualquier otra. Está dividida por un muro. De un lado viven los chipriotas griegos y del otro los chipriotas turcos. La separación existe desde 1974 y, aunque los disparos dejaron de escucharse hace mucho tiempo, las heridas nunca terminaron de cerrar.
Lo relevante para nuestra historia es que los habitantes de ambos lados no se llevan particularmente bien. Pese a ello existen algunos intercambios y uno de ellos fue el origen de todo. Se organizó un partido amistoso entre dos equipos modestos: el Athletikos Nicosia FC, conocidos como "Los Leones Azules", y el Doğan Hisarspor, conocidos como "Los Halcones". No era una final ni nada parecido. Apenas una veintena de espectadores observaba el encuentro desde una pequeña cancha. Sin embargo, los ánimos comenzaron a subir. Un error arbitral, un foul discutible, algunos empujones, insultos. Nada extraordinario para un partido de fútbol. Hasta que todo se complicó.
Un aficionado decidió dejar descansar el cerebro y permitir que un ganglio tomara el control. Agredió a un espectador del otro equipo. Se armó una pelea bastante confusa. Gritos. Empujones. Puñetazos. El joven jugador de Los Leones Azules, Andreas Christou, intentó intervenir para separar a los involucrados. Fue una pésima decisión. Una botella de vidrio impactó violentamente contra su cabeza y Andreas cayó al suelo. Mientras la pelea continuaba, alguien lo arrastró unos metros y lo dejó apoyado contra una pared. Durante varios minutos permaneció allí prácticamente ignorado mientras los participantes seguían ocupados golpeándose o huyendo. Cuando finalmente alguien comprendió la gravedad de la situación ya era demasiado tarde. Andreas llegó con vida al hospital, pero no salió de él.
La tragedia probablemente habría quedado reducida a una noticia local si no fuera por un detalle importante. Andreas era sobrino de Nikolaos Demetriou, alcalde del sector grecochipriota de Nicosia. Nikolaos estaba devastado y también estaba muy furioso.
Nadie había identificado al responsable, la policía había llegado tarde, las cámaras cercanas no mostraban nada útil.
Esa misma tarde concedió una entrevista. Fue un error, o quizás varios errores juntos. En lugar de limitarse a pedir una investigación, descargó toda su rabia frente a las cámaras. Dio la entrevista con declaraciones incendiarias en contra de la población del otro lado del muro, los insultó, los denigró, les dijo hasta de lo que se iban a morir. Pero no todo quedó ahí, sacó a luz todos los problemas de territorios, propiedades, muertos de la guerra, recursos y malos entendidos pendientes. No se guardó nada.
Las declaraciones se hicieron virales en pocas horas, las cadenas de televisión repitieron los fragmentos más agresivos, las redes sociales hicieron el resto.
Un video de apenas siete segundos mostraba a Andreas desplomándose después del golpe. Millones de personas lo compartieron acompañándolo con mensajes sobre un supuesto asesinato deliberado. El problema era que la grabación comenzaba varios segundos después de iniciada la pelea. Nadie parecía interesado en ese detalle.
Mientras tanto, en el lado turco de la ciudad, Kemal Özer, alcalde del sector turcochipriota, fue abordado por un periodista. La intención era obtener una respuesta a las acusaciones de Nikolaos. La entrevista nunca llegó a realizarse. Una vieja camioneta apareció a gran velocidad, el conductor perdió el control y embistió al periodista, al camarógrafo y a Kemal. El vehículo no se detuvo, desapareció en la oscuridad y la ayuda tardó en llegar. Cuando los equipos de emergencia identificaron a las víctimas, Kemal ya había muerto. La policía inició una investigación. Dos días después la camioneta apareció completamente quemada en un descampado. Nunca se identificó al conductor, nunca se determinó si había estado ebrio, nunca se pudo demostrar nada. Aquello fue suficiente para que las teorías comenzaran a multiplicarse.
Selim Arslan, equivalente a un gobernador del sector turcochipriota, era amigo íntimo de Kemal. Para él, Kemal era prácticamente un hermano. Intentó mostrarse prudente durante las primeras horas, pero no lo consiguió. Esa misma noche sugirió públicamente la posibilidad de un atentado. No presentó pruebas, entonces la idea quedó instalada.
A la mañana siguiente comenzaron a circular supuestas fotografías del accidente acompañadas por mensajes que aseguraban que el alcalde había sido asesinado por extremistas griegos. Del otro lado aparecieron publicaciones afirmando que la muerte de Andreas había sido una agresión organizada. Los rumores se reprodujeron más rápido que cualquier investigación, los videos eran editados, las imágenes se sacaban de contexto y las acusaciones crecían por minutos. Pronto comenzaron los lanzamientos de piedras de un lado del muro hacia el otro. Después llegaron las manifestaciones, los discursos cada vez más agresivos, los reclamos de justicia, las exigencias de correr el muro, las acusaciones mutuas.
Grecia y Turquía hacían malabares para controlar la crisis. Pero contener una crisis es difícil cuando cada lado lleva medio siglo acumulando agravios. Muchos ancianos todavía recordaban la guerra, muchos padres crecieron escuchando historias sobre ella, muchos jóvenes heredaron resentimientos que jamás habían vivido personalmente.
Finalmente ocurrió lo inevitable. Alguien disparó. Nadie sabe quién fue el primero, pero ya no importaba. Los disparos fueron respondidos con más disparos, las patrullas se reforzaron, las fronteras se endurecieron, los diplomáticos comenzaron a viajar, los generales comenzaron a reunirse.
Y así fue como Eleni Papadopoulou terminó inclinándose sobre una mesa mientras le arrojaba una botella de agua a Murat Yıldırım delante de representantes de la OTAN y de la ONU.
Pero curiosamente, nadie se acordaba del partido de fútbol entre "Los Leones Azules" y "Los Halcones".